Empiezo a leer un libro sin causa y, en parte, también sin ganas. Da igual el título y el autor porque, tan pronto lo acabe, lo olvidaré intencionadamente. Borraré todas y cada una de sus páginas porque no me han dicho nada. Lo terminaré por ese absurdo principio personal de no dejar jamás un libro a medias. Si pudiera saltármelo, este sería el libro que inauguraría mi nueva y recién adquirida indisciplina.
Pero no podré olvidarlo todo, porque en la página 72, sin previo aviso, me ha robado la calma y ahora tiene que devolvérmela antes de llegar el final.
Dice:"Si no eres consciente de que te mueres, si un día te acuestas y te duermes, y ya no te despiertas, de qué habría valido la vida, pensaba, habría sido sólo un sueño"
(Habrá que citar...: Agustín Fernández Mallo. Nocilla Dream .)
Modifico este post yo misma: Terminado el libro hace varios días y pensando en el conjunto final, me reconcilio con él....Al final las páginas y yo nos hicimos amigas y supimos entendernos...Creo
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viernes, 26 de febrero de 2010
jueves, 21 de enero de 2010
Canciones y hortalizas

Hoy me he tirado un buen rato riendo al acordarme de que de pequeña Mambrú para mí era un soldado zahanoria (o una zanahoria soldado, que es casi lo mismo pero no). Qué me haría imaginar eso...??
Mambrú se fue a la guerra,
mire usted, mire usted, que pena.
Mambrú se fue a la guerra,
no sé cuándo vendrá.
Do-re-mi,
do-re-fa.
No sé cuándo vendrá. Si vendrá por la Pascua,
mire usted, mire usted, qué gracia.
Si vendrá por la Pascua o
por la Navidad.
Do-re-mi,
do-re-fa.
O por la Navidad.
La Navidad se pasa,
mire usted, mire usted, qué guasa.
La Navidad se pasa.
Mambrú no viene ya,
Do-re-mi,
do-re-fa.
Mambrú no viene ya.
martes, 5 de enero de 2010
diva__gando. Noviembre de 2006
22/11/06
Se sentó a esperar la llamada, esa llamada perdida de manos de nadie. “Si ya no me quieres no me lo digas, hazme una llamada perdida”. Amores de tiempos modernos.
Pasaban las horas, el móvil encima de la almohada y la cabeza apoyada en el respaldo de la cama. “No suena, no suena...que no suene”. No deshojaba margaritas sino que jugaba con la esquina de la sábana. Intentaba dormir.
Le llegó un mensaje improvisado desde un autobús. “Te quiero” leyó en la pantalla. Sonrió y sin dejar pasar ni un solo segundo apagó el móvil por miedo a que luego llegara la llamada perdida. “Hoy (aún) me quiere...”
Pasaban las horas, el móvil encima de la almohada y la cabeza apoyada en el respaldo de la cama. “No suena, no suena...que no suene”. No deshojaba margaritas sino que jugaba con la esquina de la sábana. Intentaba dormir.
Le llegó un mensaje improvisado desde un autobús. “Te quiero” leyó en la pantalla. Sonrió y sin dejar pasar ni un solo segundo apagó el móvil por miedo a que luego llegara la llamada perdida. “Hoy (aún) me quiere...”
diva__gando. Julio de 2006
2/07/06 Despertó enredada en las sábanas frías, húmedas por una ventana olvidadiza abierta de par en par. Aún no había sonado el despertador pero se levantó dispuesta a comerse el mundo, ese mundo que ayer no quiso y que su madre guardó diciéndole: “si no te lo comes hoy, lo meriendas. Si en la merienda tampoco, entonces en la cena”. Al final se le había quedado para el desayuno de 22 años después.
Lo bueno que tiene el mundo es que no tiene fecha de caducidad, y más aún cuando espera guardado metido en un tupper en el congelador. Así que lo abrió con cuidado para no mezclar el pasado con el presente y para que el futuro no quedara a la vista, pues no quería saber qué le esperaba. Tenía hambre de mundo. Gula de mundo. Ganas de saciarse.
Se lo sirvió en un plato, junto con el zumo de naranja y el café, y se lo comió bocado a bocado. “Pues tampoco está tal mal”, pensó, “no sé porque he tardado tanto en decidirme”. Tenía una mezcla extraña de sabores: dulce y amargo a la vez, con algo de salado en el final de cada bocado, y dependiendo de donde hundiera la cuchara, la textura podía ser más o menos agradable.
Terminó con lo que ya era pasado y empezó con el presente. Al principio sabía a miedo, a duda, pero de repente se tornó esperanza y entusiasmo. Cuando quiso darse cuenta sólo quedaba el futuro en el fondo del plato. “El futuro es para mañana”, se dijo, “hoy quiero quedarme con el regustillo del sabor del último bocado que he dado”.
Y así, cada mañana se levantaba y se servía en la cocina, el futuro que ya era presente, para estar al día y vivir lo que le tocaba.
Lo bueno que tiene el mundo es que no tiene fecha de caducidad, y más aún cuando espera guardado metido en un tupper en el congelador. Así que lo abrió con cuidado para no mezclar el pasado con el presente y para que el futuro no quedara a la vista, pues no quería saber qué le esperaba. Tenía hambre de mundo. Gula de mundo. Ganas de saciarse.
Se lo sirvió en un plato, junto con el zumo de naranja y el café, y se lo comió bocado a bocado. “Pues tampoco está tal mal”, pensó, “no sé porque he tardado tanto en decidirme”. Tenía una mezcla extraña de sabores: dulce y amargo a la vez, con algo de salado en el final de cada bocado, y dependiendo de donde hundiera la cuchara, la textura podía ser más o menos agradable.
Terminó con lo que ya era pasado y empezó con el presente. Al principio sabía a miedo, a duda, pero de repente se tornó esperanza y entusiasmo. Cuando quiso darse cuenta sólo quedaba el futuro en el fondo del plato. “El futuro es para mañana”, se dijo, “hoy quiero quedarme con el regustillo del sabor del último bocado que he dado”.
Y así, cada mañana se levantaba y se servía en la cocina, el futuro que ya era presente, para estar al día y vivir lo que le tocaba.
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